Los Océanos, nuestra auténtica fuente de vida

Para la comunidad científica, está muy aceptada la idea de que la vida surgió de los océanos. De hecho el cuerpo humano está constituido en un 70% agua, y no solo eso, además la salinidad en nuestros tejidos es aproximadamente la misma que la salinidad media del mar.

El medio acuoso fue determinante en procesos elementales para la vida, como es la replicación del ADN. Y otros procesos llamados “osmóticos” consiguieron mantener la salinidad interna de los organismos para poder colonizar la tierra firme. De esa manera, resumidamente, la evolución nos llevó a nosotros en la actualidad. Por eso, entre otros motivos más específicos, nos cansamos de oír lo importante de hidratarnos bien. Nuestro continuo ejercicio físico e incluso nuestros procesos fisiológicos nos hacen perder agua constantemente, y dado que nuestro cuerpo está aislado del exterior por la piel desde que la evolución nos sacó de los mares, es imprescindible mantener las condiciones internas de hidratación.

Otro papel indispensable de los océanos está relacionado con el famoso efecto invernadero y en consecuencia con el cambio climático global. El aumento del carbono atmosférico (Dióxido de Carbono), producto de la combustión de derivados del petróleo (como la gasolina o el diesel de nuestros automóviles), ocasiona que este carbono se disuelva en grandes cantidades en el agua de mar. Así, igual que lo hacen las plantas en tierra firme, lo usan también las algas marinas produciendo oxígeno. Otros organismos lo combinan con calcio para formar estructuras esqueléticas como los corales. Está por determinar si la importancia de esa asimilación del carbono atmosférico es mayor en los mares o en los bosques, pero ya solo la duda da un elevado valor a esa función no atribuida habitualmente a los océanos.

Las masas de agua del planeta funcionan también como amortiguadores del calor. Observamos como habitualmente las zonas con variaciones de temperatura más suaves de un mismo territorio son aquellas localizadas en las costas. El caso es que el agua necesita más tiempo que al aire o los sólidos para alcanzar una temperatura determinada, pero igualmente necesita más tiempo para perderla. Lo habremos notado en los ciclos diarios de la estación de verano. Cuando nos bañamos en la playa durante el día, con un calor considerable en la arena, metemos un pié en el mar y notamos una temperatura muy inferior hasta que nuestro cuerpo se acostumbra. Sin embargo, si nos queremos bañar en la noche, con una temperatura exterior generalmente más fría que durante el día, al tocar el agua la sentimos caliente. Esto es porque en un periodo diario, el agua no es capaz de perder su temperatura a la velocidad que lo hace el aire o la tierra. De la misma manera, cuando en los meses de septiembre (en latitudes templadas del hemisferio norte) ya notamos un cambio atmosférico importante que nos obliga a abrigarnos en algunas ocasiones recibiendo la época otoñal, la temperatura del mar continúa a temperaturas elevadas dado que necesita semanas para desprender el calor acumulado durante todo el verano. Sin esta cualidad de las masas de agua, los climas mundiales sufrirían cambios tan drásticos de la noche al día que impedirían la vida de muchos de los organismos que conocemos actualmente, de los cuales muchos serían plantas y algas que dejarían de captar carbono y producir oxígeno.

Supongo que no es sorpresa para nadie el llamado ciclo del agua. Aquel en que el agua evaporada de los mares pasa por la atmósfera hasta precipitar en forma de lluvia, nieve o granizo, luego alcanza los cauces de los ríos, riega campos y nos sirve para beber y otras muchas utilidades humanizadas como las duchas, fuentes, parques acuáticos, estanques, piscinas etc. De la misma manera, todos sabemos la importancia del mar y los ríos en cuanto a producción de alimentos. Una compleja red alimentaria y ecológica que hace que muchos de los alimentos que consumimos tengan relación directa o indirecta con estos ambientes acuáticos, por ese motivo, es necesario extraer de una manera controlada cualquier recurso vivo de ellos y cuidar el equilibrio natural de las poblaciones.

En nuestra próxima entrada hablaremos de los diferentes ambientes acuáticos que tenemos en nuestro planeta. He creído importante en este artículo previo recordar la importancia de conocer su valor para poder protegerlo. Sin duda alguna los ríos, mares y océanos son indispensables para la vida, y por ello vamos a necesitar conservarlos.

Artículo escrito por Toni Sánchez, biólogo. 

 

 

 

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