Descubriendo nuestro talento

A lo largo de la historia, los científicos que han estudiado la mente humana han demostrado cierto interés por la capacidad que nos hace destacar en distintos campos, como por conocer los mecanismos subyacentes a dicha capacidad. Han coexistido distintos enfoques y distintas formas de denominarlo (habilidades, capacidades, talento, ingenio e inteligencia), desde las medidas clásicas de la inteligencia pura de Charles Spearman hasta otras más recientes, como las inteligencias múltiples de Howard Gardner. Pero, ¿En qué consiste la inteligencia y el talento? ¿Qué es lo que hace que una persona sea considerada más o menos competente? ¿Es el talento algo innato o puede adquirirse con la experiencia?

En primer lugar, la perspectiva innatista ha defendido que la inteligencia humana es una capacidad única y general, altamente heredable, estática e invariable, que no recibía influencia alguna del ambiente. En esta línea, investigadores como Spearman afirmaban a principios del siglo XX que la inteligencia humana se podía medir a través de tests de factor g (general), que aportaban un valor numérico de la “potencia” o “eficiencia” mental del individuo. Para él, el grado de inteligencia de una persona se relacionaba directamente con su velocidad para resolver problemas, realizar cálculos o analizar situaciones. De esta concepción se deriva que dicho valor numérico determina nuestra capacidad o talento general, que es la misma en cualquier tipo de manifestación de talento (académica, motriz, emocional, etc.), y que nuestras experiencias vitales no influyen en ella, estando preprogramada desde el nacimiento.

Para ejemplificarlo, su razonamiento presupone que un niño (llamémosle Pablo), nacido en el seno de una familia con buen nivel adquisitivo y con padres inteligentes heredaría una inteligencia de, digamos, 100 puntos. Este enfoque, no obstante, no considera que pueda influir en la inteligencia de Pablo el hecho de tener un grupo de amigos más o menos estudiosos, que le motiven o desmotiven respecto a desarrollar su inteligencia hasta el límite de su potencial genéticamente definido. Tampoco contempla, en relación a los subtipos de manifestaciones de la inteligencia, que Pablo puede ser muy competente para las matemáticas, pero pésimo para la educación física o la enseñanza musical.

En segundo lugar, la corriente del siglo XXI de autores como Gardner postula que la inteligencia no es algo estático ni general, sino que hay tantas inteligencias como tipos de problemas y actividades a realizar. Para él, las inteligencias múltiples reflejan las distintas habilidades que tienen las personas, que pueden estar desarrolladas a distintos niveles. Además, admite que las personas pueden tener tendencias a desarrollar más unas habilidades que otras, pero teniendo en cuenta el ambiente en el que nos criamos como factor de influencia en el desarrollo de nuestros talentos. Propone que las personas podemos desarrollar a partir de 8 inteligencias distintas, pondremos algunos ejemplos:

  • visual-espacial: saber visualizar objetos con sus dimensiones mentalmente, orientarse en el espacio;
  • lingüística: idiomas, comunicación verbal, lectoescritura y memoria verbal;
  • lógico-matemática: cálculo, razonamiento abstracto, capacidad de deducción y estrategia;
  • cinestésica: habilidad física, movimiento, equilibrio y coordinación;
  • musical: distinguir entre sonidos y ritmos distintos, “tener oído”;
  • interpersonal: habilidad de relacionarse con los demás, empatía, extroversión, sociabilidad;
  • intrapersonal: autoconocimiento, capacidad de reflexión, también nombrada inteligencia emocional (ver artículo sobre inteligencia emocional).

Para ejemplificarlo, si los padres de Pablo son músicos, es posible que desde pequeño su ambiente le estimule dicha capacidad, aportándole mayores oportunidades para que desarrolle dicha inteligencia. Es cierto, no obstante, que puede haber dos niños con la misma instrucción musical de niveles distintos de habilidad, y es ahí donde aparece el componente genético, la “facilidad” para adquirir ciertas habilidades. Por otro lado, puede que Pablo no practique actividades deportivas de pequeño, pero si aprende, por ejemplo, a jugar a baloncesto en su pubertad, también puede desarrollar su capacidad cinestésica. Evidentemente, su rendimiento en el baloncesto puede no llegar a ser el mismo que el de otro niño que lleve jugando desde pequeño, pero gracias a la capacidad plástica y moldeable del cerebro, con entrenamiento repetido puede llegar a ser muy competente en esta actividad.

En resumen, son muy distintas las habilidades que los seres humanos podemos desarrollar, y con la estimulación adecuada del ambiente, podemos llegar a expresar todo nuestro potencial y talento. Por desgracia, el sistema educativo actual tiene una jerarquía para las distintas actividades y habilidades que los niños pueden desarrollar: en la cúspide se encuentran las matemáticas, seguidas de los idiomas, la historia y las ciencias, la educación física y finalmente las artes (plásticas y musicales). Esta jerarquía responde a la importancia que se atribuye a cada una de las habilidades, y existe porque hay criterios que dictaminan que la “utilidad” de cada una de ellas es distinta, en relación al futuro profesional. No obstante, este modelo es hijo de la revolución industrial, donde se preparaba a los niños para encontrar trabajo, y no responde a ningún intento por descubrir sus talentos o habilidades. Es por eso que, si queremos descubrir sus talentos, deberemos atender a las actividades que les resulten más placenteras (dentro y fuera de la escuela, con actividades extraescolares) así como aquellas en las que destaquen con poco esfuerzo, demostrando esa “facilidad” que mencionábamos anteriormente.

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