Consejos para evitar discusiones

¿Quién no ha discutido alguna vez con su pareja, amigos o familiares?¿Por qué discutimos con los demás? La verdad es que hay tanta variedad de motivos como de situaciones y personas con las que discutimos. No obstante, si entendemos la forma de procesar la información al comunicamos con los demás como un circuito, la explicación a los malentendidos y enfados se encuentra en las actividades que ocupan a los distintos componentes de éste circuito -percepción, traducción, planificación y actuación-. Para comprenderlo mejor, partimos de una situación cualquiera, en la que dos personas con sus respectivas formas de hablar, pensar, sentir y comportarse intercambian información, viendo ejemplos sobre los distintos errores que pueden dar lugar a “cortocircuitos” en la relación.

El primer elemento que puede ser fuente de discusiones es la percepción del mensaje que una persona (llamémosle Juan) transmite a otra (llamémosle Marta). Para poner un ejemplo, Juan y Marta están conversando sobre los nuevos zapatos de Marta, y Juan dice: “Parecen de diseño”. Ante este comentario, el cerebro de Marta procesa mediante sus canales perceptivos (el primer elemento del circuito) el sonido de la voz de Juan, su expresión facial y sus gesticulaciones. En este primer estadio, los malentendidos pueden darse por distintas razones: puede que las palabras y los gestos faciales sean contradictorios -expresando ironía-, puede que no se procese adecuadamente el mensaje verbal por factores ambientales (p.ej: ruido), o que nuestro concepto sobre el otro (Juan) distorsione nuestra percepción de sus actos y palabras.

  • Posibles soluciones a este tipo de malentendidos son mantenernos imparciales respecto a nuestras consideraciones de los demás, acudir a un lugar donde la comunicación no sea interferida por factores ambientales, etc.

Una vez percibidas las señales verbales y visuales, la información llega al segundo componente del circuito, que se encarga de la traducción del mensaje, desde su estado inicial (palabras e imágenes) al estado final dónde se le dota de significado. En este nivel es dónde se conectan las señales exteriores con nuestro conocimiento sobre el lenguaje -significado de las palabras y frases-, sobre las intenciones comunicativas de los demás -ironía, sarcasmo-, etc. Siguiendo con el ejemplo anterior, si Marta percibe el comentario como sarcástico porque, por ejemplo, Juan no sabe distinguir entre zapatos caros y asequibles, puede llegar a la conclusión que el significado del mensaje es una burla.

  • Para evitar discusiones debidas a éste nivel de procesamiento, debemos tener claro que el verdadero significado del mensaje sólo lo sabe quién lo ha emitido. No nos precipitemos, pues, en sacar conclusiones de antemano, tratemos de preguntar “¿Qué quieres decir con eso?” o bien “¿Por qué dices eso?” para averiguar sus intenciones.

Cuando ya hemos otorgado significado al mensaje, nos dedicamos a planificar la respuesta (el tercer componente) de forma interna, generando alternativas distintas, y acotando la que nos parece más adecuada. Para ello, rescatamos de nuestra memoria situaciones pasadas, similares, en las que hemos verbalizado distintos mensajes, junto con las reacciones que éstos han generado en nuestros interlocutores. Sirviéndonos de ésta base de datos, planificaremos qué responderemos y cómo creemos que se lo tomará el otro (en nuestro ejemplo, Juan). Podemos caer en distintos errores en este nivel, desde no ser capaces de generar más que una alternativa de respuesta, lo que impide que podamos compararla con otras y decidir cuál es más apropiada, que la respuesta que escojamos se haya usado en una situación muy distinta y no sea aplicable al contexto actual, y otros.

  • Si queremos prevenir errores de este tipo, es necesario usar nuestra imaginación para sopesar distintas opciones, para imaginar cómo nos llegaría a nosotros la respuesta que escojamos, y valorar si las características de nuestro interlocutor (Juan) son parecidas a las del recuerdo que tenemos, asegurándonos que si anteriormente ésta respuesta se recibió bien, suceda lo mismo.

Finalmente, ejecutamos nuestra respuesta, que es recibida por la persona a la que nos dirigimos, quien a su vez percibe, traduce, planifica y ejecuta de nuevo otro mensaje, dando lugar al círculo de la comunicación. Respecto a este nivel, no sólo emitimos palabras, sino también información no verbal: el tono de voz, la expresión facial y nuestros gestos. Los cortocircuitos que suelen aparecer en este nivel pueden producirse por terminar expresando algo distinto a lo que previamente hemos decidido, por no tener ganas de emitir la respuesta planeada, etc. Respecto al ejemplo anterior, si Marta se ha molestado por el comentario de Juan, puede escoger no dar la respuesta menos ofensiva, para “devolverle” a Juan un mensaje que perciba negativamente.

  • Como hemos visto, la comunicación es circular, y si caemos en el error de responder negativamente a comentarios negativos, llegamos a la situación del pez que se muerde la cola, puesto que sólo generaremos más negatividad. Además, todos éstos procesos son automáticos y suceden rápidamente, por lo que es importante saber hacer una pausa y sopesar si realmente nos interesa o si sacaremos algo positivo de dar respuestas ofensivas. Lo más recomendable es seguir el dicho “no hay mejor desprecio que no hacer aprecio”: si evitamos la alta susceptibilidad, y reflexionamos sobre qué imagen queremos dar (de tranquilidad o nerviosismo) generaremos respuestas más adecuadas y nos ahorraremos un poco de negativismo.

En conjunto, si queremos discutir menos con nuestros allegados, debemos hacer diversos ejercicios: practicar la paciencia, evitando decir lo primero que nos venga a la mente, ponernos en el lugar del otro para comprender qué trata de decirnos, o preguntarlo explícitamente, usar nuestra memoria respecto a anteriores conversaciones con ésa persona, para que no nos sorprendan comentarios hostiles o inadecuados si ya hemos tenido muestras de ello con anterioridad, y sobretodo analizar cómo nos afectan los comentarios de los demás, puesto que si valoramos nuestras emociones al respecto, podremos impedir que nos nublen el juicio.

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