¿Cómo decidimos?

Nuestro cerebro es un órgano sumamente complejo, que consume y requiere de la mayor parte de glucosa del cuerpo -es su combustible- para realizar actividades muy diversas de forma simultánea, y a diario. Entre otras, nos permite percibir y comprender nuestro entorno, sentir emociones, aprender y recordar, hablar y pensar. Una de las actividades que resulta de gran utilidad en nuestro día a día, y que acontece de forma más o menos consciente, es el conjunto de cálculos y operaciones mentales acerca de las situaciones que vivimos, destinados a decidir cómo debemos comportarnos y pensar. ¿Cómo funciona nuestra capacidad de decisión? ¿Decidimos de forma racional o irracional? ¿Por qué algunas resultan sencillas de tomar y otras nos llenan de dudas?

El funcionamiento de las decisiones

Nos ayudaremos de un caso real para comprender la importancia de nuestra capacidad para analizar las situaciones, ajustándonos al entorno donde se producen, para terminar decidiendo nuestras conductas. Se trata del caso de Phineas Gage, el joven que aparece en la fotografía. Phineas era un capataz de obreros del ferrocarril estadounidense del s. XIX, cuyo cráneo fue atravesado por una barra de hierro que salió disparada a gran velocidad debido a una detonación inesperada. Después del incidente, Gage sobrevivió pero aparecieron cambios irreversibles que en su comportamiento y en su carácter, manifestaciones de la afectación cerebral. La zona que quedó más afectada fue el córtex frontal, el área donde (entre otras cosas) tomamos nuestras decisiones. Si anteriormente Gage había sido un hombre eficiente y capaz, de decisiones acertadas, en ese momento manifestó errores en su juicio racional y desinhibición conductual impropia de él (un bajo control de sus impulsos irracionales), lo que en épocas anteriores denominaban “falta de moderación moral”.

La toma de decisiones consta, como poco, de tres procesos o cálculos elementales: la predicción, el balance de costes/beneficios y la deducción. Cuando hablamos de predicción, no nos referimos a que sepamos leer el futuro antes de que suceda, sino que disponemos de una gran base de datos en nuestra memoria, fruto de la acumulación de experiencias, respecto a momentos pasados en los que hemos tomado decisiones. Por ejemplo, cuando decidimos algo tan habitual como “¿Qué ruta sigo para ir al trabajo?” buscamos en nuestra memoria los trayectos que hemos realizado anteriormente, y a continuación entra en juego el segundo componente, el análisis de costes y beneficios: “Si cojo la autopista puedo encontrar una retención y llegar tarde, si voy por el otro camino puedo ahorrarme unos minutos”. Finalmente, usamos este conocimiento para deducir qué opción es más adecuada “Si he salido con tiempo suficiente, cojo la autopista, si voy con prisa, iré por el otro camino”.

Seres aparentemente racionales

La investigación respecto a este tema ha evidenciado la naturaleza dual de nuestro cerebro: somos seres racionales e irracionales a la vez. Siguiendo con lo que comentábamos al principio, el cerebro  utiliza un gran número de los recursos de energía  del cuerpo, pero también sabe cómo optimizarlos para funcionar de forma eficiente. Y es que, de toda la información de qué disponemos, gran parte se procesa de forma inconsciente para economizar recursos, puesto que si fuéramos conscientes de todo lo que sabemos en todo momento tendríamos más información de la que necesitamos para cada situación, y repercutiría en un gran gasto de recursos. Pero ¿cómo se complementan estas dos formas de procesar la información? Parece que nuestro inconsciente genera constantemente impulsos, que cuando traspasan el umbral de la consciencia son analizados, expresados o eliminados en función de su utilidad o adecuación para nuestros objetivos. Por ejemplo, cuando nos asalta la pregunta “¿me caso o no me caso?”, la analizamos como en un juicio: tenemos argumentos a favor (el abogado defensor), en contra (el fiscal) y finalmente el juez decide qué es más apropiado.

La separación razón/emoción ha sido demostrada como falsa, puesto que todas nuestras decisiones “racionales” comportan un componente emocional. Para empezar, el cerebro decide para tratar de conseguir lo mejor para nosotros, lo que refleja un miedo a la pérdida: cuando anticipamos las consecuencias de nuestras decisiones, si éstas pueden ser negativas, a menudo nos echamos atrás guiados por el malestar emocional que nos generarían. Por otro lado, los publicistas usan éste principio, vendiendo sus productos no de forma racional, sino mostrando las emociones, sensaciones y experiencias a las que podemos tener acceso con la compra: lo llaman márketing emocional.

En conjunto, es cierto que muchas de nuestras decisiones las tomamos conscientemente: escribimos o imaginamos los pros y los contras, pero sin olvidar que consciencia no es igual a falta de emociones, éste suele ser el caso de las decisiones lentas de tomar, las consecuencias de las cuales sopesamos lentamente por su relevancia (por ejemplo, “¿Qué carrera elijo”), basándonos en una base de datos totalmente subjetiva –las experiencias acumuladas a lo largo de la vida son distintas para cada uno-. Ésta es tarea para el lóbulo frontal, que sopesa, analiza y predice futuros posibles. Por otro lado, muchas veces nos guiamos por cierta intuición, inconscientemente. En el extremo, cuando el lóbulo frontal falla por ser inmaduro (como los niños o los adolescentes), por lesión (como el caso de Phineas Gage) o por inhibición transitoria (cuando consumimos alcohol) son los impulsos instintivos y nuestra parte más emocional la que controla nuestras acciones.

Sabiendo esto, podríamos preguntarnos cuánto de racionales son las decisiones que toman nuestros jefes cuando deciden cómo gestionar nuestro puesto de trabajo, o las de los políticos cuando deciden temas de interés público, los banqueros cuando deciden hacer inversiones arriesgadas, etcétera. Al fin y al cabo, son personas de funcionamiento mental igual al resto, tienen impulsos inconscientes como todos, pero en ocasiones consideran que usan únicamente la razón para llevar a cabo sus trabajos.

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